Di amigo y entra: una discusión de la obra de J.R.R. Tolkien como portal de entrada a la Fantasía

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Fragmento de John Ronald’s Dragons: The Story of J.R.R Tolkien, de  Caroline McAlister y Eliza Wheeler. ¡Tolkien también tuvo sus propios portales de niño!

I. Tolkien desde el aficionado, Tolkien desde el académico

Con la figura de J.R.R. Tolkien como autor sucede algo muy curioso, más bien atípico en el mundo literario: el consenso casi absoluto de que se trata del escritor emblemático de la literatura a la que pertenece, la de Fantasía. Un escritor que, con su titánica obra, contribuyó a darle a esta estética su forma moderna más reconocible e incluso, para algunos, su forma definitiva.

De manera también curiosa, esta es una visión que comparten mayoritariamente tanto lectores aficionados como académicos especializados en su trabajo.

Los primeros se caracterizan por tener un conocimiento de tipo enciclopédico de su obra y una disposición de carácter lúdico y comunitario al momento de expresar su disfrute, como lo demuestran iniciativas como las diversas Sociedades Tolkien internacionales y sus numerosas actividades.

Para los segundos, los “Tolkien Scholars” dedicados a los Tolkien Studies, el escritor inglés destaca como un autor de gran interés dentro de su contexto de producción (el Modernismo británico). Esto, principalmente, por presentar valores literarios tan diversos como la naturalizada conjunción de elementos paganos y cristianos en su obra, por sus principios filológicos y poéticos en torno al lenguaje, la imaginación y la tradición mítica y legendaria de las Islas Británicas, y por el peculiar tratamiento tanto estructural como estilístico de sus principales publicaciones, entre otros aspectos distintivos, tan malentendidos entonces por la crítica y la academia normativas como hoy.

Pero, pese a las diferencias de estos dos grupos lectores, varios de sus integrantes comparten algo llamativo: para ellos, la Fantasía suele comenzar y a veces hasta terminar con Tolkien. No existe nada más, ni antes ni después.

En el caso de los Tolkien Scholars hay que conceder que algunos consideran también, para sus investigaciones, las obras o tradiciones en las que se este autor inspiró, que discutió artísticamente o que estudió como filólogo. Por ejemplo, Beowulf, Sir Gawain and the Green Knight, o Macbeth, entre otras. Es decir, un cúmulo muy diverso de literatura y tradiciones artísticas y culturales europeas anglosajones y medievales en general que, como aguda y mordazmente apuntaba el medievalista Thomas Honegger, el lector/crítico/académico contemporáneo, por lo general ignorante en ellas, es incapaz de leer competentemente a través de la prosa de Tolkien.

Sin embargo, ¿qué pasa con todo el hatajo de autores posteriores que se vieron remecidos por la obra del Profesor, para bien o para mal? Me refiero, por un lado, aquellos que lo emularon superficialmente hasta la náusea por una adoración acrítica. Y también, por otro lado, a aquellos que, dominados por un rencor también acrítico, sucumbieron a todos los procesos de la ansiedad de la influencia identificados por Harold Bloom en su intento por desmarcarse, corregir, demonizar o ampliar la obra tolkeniana.

La academia de los Tolkien Studies no siempre se ocupa de ellos. Investigadores como Verlyn Flieger, Tom Shippey y Eduardo Segura parecen concebir a Tolkien principalmente como un escritor originalísimo (que lo es) antes que como un escritor de Fantasía (que también lo es). Su mirada como investigadores, si cambia de foco, apenas va hacia atrás, porque al intentar ver hacia delante seguramente se han de topar con un tipo de literatura presentada como heredera de Tolkien, pero sin ni un destello de su legado artístico… al menos desde su particular óptica erudita.

En el caso de algunos lectores aficionados, derechamente no existe un pasado. O, si existe, este parece estar en función de la existencia de la obra de Tolkien, y se lo lee y aprecia en buena medida por ello. En el caso de otros aficionados, el presente y el futuro también están condicionados ineludiblemente por su entendimiento del trabajo del Profesor, y les resulta laborioso pensar que pueda existir una historia de plena Fantasía que no sea medievalista o neomedievalista, o que tenga otra estructura narrativa fuera del viaje o quest, u otros temas alejados de la decadencia del mundo, la configuración de personajes arquetípicos o la resonancia épica. Y si finalmente validan esta historia, es “otra” Fantasía, no “la” Fantasía; no la que ellos validan como tal.

II. Tolkien como eje paradigmático de la Fantasía

No es de extrañar que, con semejantes pesos anexados a su figura autorial, la obra de Tolkien parezca arrojar más sombras que luces al Fantasista novato. Tolkien devenido en maelstrom, en axis mundi, en el horizonte donde toda la ficción imaginativa debe converger a la fuerza, se lo quiera o no…

Pero esta impresión, que probablemente mucha gente pensó como una diatriba o un encomio informales, fue interpretada como un hecho a considerar por Brian Attebery, uno de los investigadores más importantes en literatura imaginativa en general. En su emblemático capítulo “Fantasy as Mode, Genre, Formula” en el que intenta esa bella e ingrata tarea que también me apasiona, definir o acotar conceptualmente lo que se puede entender por literatura de Fantasía, Attebery sostiene:

[…] with the publication and popular acceptance of Tolkien’s version of the fantastica, a new coherence was given to the genre. His was not the first modern fantasy […]. His may not be the best fantasy […]. But Tolkien is most typical, not just because of the imaginative scope and commitment with which he invested his tale but also, and chiefly, because of the immense popularity that resulted. When The Lord of the Rings appeared, we had a core around which to group a number of storytellers who had hitherto been simply, as Northop Frye suggest, “other writers” belonging to no identified category or tradition (The Secular Scripture 42). […] One way to characterize the genre of fantasy is he set of texts that in some way or other resemble The Lord of the Rings (14).

Desde luego, esta conceptualización parece en principio útil, sobre todo para quienes adoramos a Tolkien y no tenemos problemas en considerarlo una expresión pulidísima de la Fantasía: simplemente comparemos las otras obras con la suya y veamos qué tanto se le parecen, ¿no? Sin embargo, una mirada más crítica da cuenta de variados problemas en torno a esta propuesta.

En primer lugar, se trata de un eje demasiado anclado a un contexto. ¿Diríamos que una obra pre tolkeniana es menos de Fantasía solo porque se desarrolla de una manera distinta a la que reconocemos y validamos del autor inglés? ¿O cómo leeríamos una Fantasía oriental, que no necesariamente tenga a Tolkien como un referente inmediato o angular?

En segundo lugar, ¿en qué sentido se podría establecer esta comparación?; ¿cuál sería el eje principal de contraste? Attebery no lo precisa. ¿Sería este de mitopoiesis, de estilo, de motivos, de tópicos, de filiación a las mismas tradiciones, de (neo)medievalismos…? ¿Diríamos que The Wheel of Time (Robert Jordan / Brandon Sanderson, 1990-2013) es una mejor expresión de la Fantasía que, por ejemplo, Jonathan Strange and Mister Norrell (Susanna Clarke, 2005), solo porque tiene un mundo neomedieval-premoderno y trabaja sobre las quests, cosa que la obra de Clarke reemplaza por una Inglaterra victoriana alternativa y una suerte de Kunstleroman de sus magos-académicos?

En tercer lugar, en relación con la dificultad anterior, ¿significa necesariamente una cercanía mayor calidad literaria? ¿Está la obra Tolkien en el eje por su apabullante influencia artística y cultural en la Fantasía moderna y contemporánea o porque es, en sí misma, un pináculo de belleza formal? Si bien Attebery se decanta por la su popularidad antes de por sus méritos literarios, muchos autores receptores de la obra tolkeniana sí indican (indicamos) que se la tiene de referente por el valor estético que se le asigna.

Por complicaciones como estas, no me convence la propuesta de Attebery de poner la obra de Tolkien en un centro imaginado y evaluar el resto de las producciones de Fantasía según su modelo, aun cuando el autor sea de mis favoritos y reconozca y defienda plenamente su valor artístico y de influencia.

Para mí, como lectora, escritora e investigadora, el descubrimiento juvenil de Tolkien me deslumbró también porque me adentró en un tipo de literatura a la que solo me había acercado de manera azarosa años atrás y que había sido tipificada como “infantil” y “pretérita” (es decir, caducable y perteneciente a una etapa excesivamente remota). Comprender que podían escribirse historias como la del autor inglés fue un alivio y una luz de esperanza ante la imposición de un realismo ramplón, y fue una motivación para comenzar a escribir la mía propia. Tiempo después, cuando volví de mi exilio del pregrado, descubrí igualmente que la Fantasía podía estudiarse y analizarse de manera académica, siguiendo de hecho la vía que un erudito como el mismo Tolkien había emprendido con sus obras favoritas.

Como puede apreciarse, mi enseña ha sido la Fantasía, no Tolkien en sí. Tolkien fue y es un ilustrísimo exponente y un portal de entrada para recorrer por primera vez, ya como aventurera, sus tierras. Pero precisamente en mis viajes he aprendido a conocer todo tipo de montañas, valles, riachuelos y constelaciones. Quizá el viejo árbol Tollers esté en el centro de mi corazón, como el árbol del Paraíso, pero sé que hay un mundo entero a su alrededor, con su propia belleza, con su propia bella letanía de nombres.

Curiosamente, esta resistencia a concebir a Tolkien como eje universal o autor definitivo es algo que comparten también lectores y escritores que lo detestan a él y su obra, o que simplemente creen que ya es momento de caducarlos como emblema, así sea literario o cultural. En ese sentido, ha salido a la palestra la metáfora que he usado líneas atrás: la del portal o puerta de entrada.

Tolkien ha sido uno de los portales más reconocidos y comunes, sí. Sin embargo, con el advenimiento de nuevas generaciones lectoras, con formaciones y miradas distintas en torno a tantas cosas, esta posición monolítica ha tambaleado. Muchas de estas personas, sobre todo las más jóvenes, ya no consideran necesario ni urgente adentrarse a la Fantasía con una obra que, en el caso de El Señor de los Anillos, tiene casi 70 años. Desde luego, una publicación como esta no responde a inquietudes y deseos de parte del público contemporáneo: abundancia de personajes femeninos, LGBTI+ o racializados construidos de buena manera, un estilo más centrado en diálogos o acción antes que en descripciones extensas, o la presencia de un autor activo en RRSS y cercano al público (y, por tanto, aún vivo).

Recordemos también: Tolkien no pretendía escribir “Fantasía” como tantos la entienden hoy, en el sentido de literatura de género con tendencias formulaicas o tópicos bien reconocibles, y siempre pareció bastante desconcertado ante la popularidad que alcanzó a sufrir en vida (“mi deplorable culto”). Y recordemos la pulla de Honneger: si ni críticos y académicos de la época estaban preparados para lidiar con la lectura correcta de sus referencias y motivaciones estéticas, ¿qué podríamos esperar de lectores contemporáneos, cuando la formación literaria ha decrecido tanto? La competencia literaria requerida para entender a Tolkien, pese a que su obra no llegase a gustar finalmente (algo válido), ya no es común en la comunidad lectora, ni siquiera en la de ficción imaginativa.

Estos lectores no tienen al viejo árbol Tollers en su corazón. Han oído hablar de él, sí, pero no les interesa tenderse bajo su fronda ni comer de sus frutos. Se encuentran demasiado lejos de sus parajes y su estatura, que vislumbran de lejos o que apenas perciben medio oculta bajo una niebla, les incomoda.

Estos lectores no tienen al viejo árbol Tollers, no, pero sí conocen montañas, valles, riachuelos y constelaciones de la tierra de la Fantasía. Porque la Fantasía es un mundo que puede perfectamente tener muchos portales de entrada.

¿Cuál es el problema, entonces?

A mi juicio, negar, por rabia mal originada o por negligencia, que Tolkien sigue siendo un portal necesario de cruzar por todo Fantasista, así sea tarde o temprano, o para disfrutarlo o criticarlo.

O sostener, por descarada ignorancia, que es posible entender la Fantasía sin la obra de Tolkien.

III. “Dije ‘enemigo’ y me fui”: el caso de V.E. Schwab

Creo que el ejemplo paradigmático a discutir, por ser fiel reflejo de esto que he identificado como problema, es el discurso “In Search of Doors” (2018), de la escritora norteamericana V.E Schwab (1987). Este fue pronunciado en el evento The J.R.R. Tolkien Lecture on Fantasy Literature, una iniciativa de la Universidad de Oxford en la que se invita a un autor para que entregue un discurso que contribuya a reflexionar y a profundizar en el estudio de la Fantasía y, aunque a mí me parezca absurdo, también de la ciencia ficción y del terror, expresiones imaginativas muchísimo más validadas que su desprotegida hermana y que Tolkien mismo nunca cultivó.

El discurso de Schwab comienza con una salida extraordinaria, por lo vergonzosa: la autora no ha leído las obras de ficción más conocidas de Tolkien. Confiesa que consideró ponerse al día con la labor tras ser invitada a dar este discurso, pero que luego lo descartó al recordar que no se lee por imposición, sino por amor. A partir de ese efectivo gancho introductorio, Schwab entra en materia. Su tesis principal, con la que en parte concuerdo, es esta: Tolkien no debería ser el único portal de entrada a la Fantasía. Puede haber otros portales, e imponer lecturas consideradas canónicas en un género solo podría conseguir que lectores que no conectan con ellas terminen alejándose de esas manifestaciones ficcionales.

Haciendo a un margen el hecho de que considero improcedente invitar a una escritora que nada tiene que ver con la tradición literaria de Tolkien a un evento en su honor, y que encuentro poco ético que esta misma escritora no haya declinado la invitación por respeto, el discurso de Schwab es pródigo en ideas sensatas, profundamente Fantasistas,… pero sostenidas en su desconocimiento del autor inglés, del que ella parece vanagloriarse.

Probablemente le sorprendería a Schwab descubrir que muchas de las cosas que defendió en su discurso (la noción del creador como un dios a través del lenguaje, la cuasi autonomía de las historias en relación con sus autores, el deseo de que el mundo fuese “más” de lo que es en verdad, su gusto por las aventuras, el potencial de la imaginación para cambiar el mundo, etcétera) son cosas que desarrolló Tolkien, tanto en su ficción como en sus ensayos.

Creo que el problema aquí es que, cuando este tipo de escritores piensa en Tolkien, lo hacen casi exclusivamente a partir de El Señor de los Anillos y El Hobbit, coincidentemente sus dos obras adaptadas a famosas películas hollywoodenses. Aunque suene ridículo, no podemos obviar el hecho de que existen bastantes personas, lectores y escritores, que se creen en condiciones de hablar de estas historias solo porque vieron estas películas, como si una adaptación visual más o menos fiel a la original pudiera compararse con la literatura, una obra artística lingüística.

Pero Tolkien es muchísimo más que estas dos grandes historias literarias. Tolkien es, ante todo, El Silmarillion y toda la ruta que tomó para llegar a él, aun en su forma incompleta. Y es también el cuento feérico “El herrero de Wooton Mayor”, y es el poema “ The Cottage of Lost Play”, y es, por supuesto, su bellísimo ensayo Sobre los cuentos de hadas (On Fairy Stories), entre otros textos. Es aquí, en particular, donde se encuentran muchas conexiones con las ideas citadas de Schwab, principalmente a través de sus clásicas categorías de Fantasía-Evasión-Renovación-Consuelo y aun la eucatástrofe (la autora parece atea, aunque en una parte de su texto habla de una versión secular de “fe”). Es tragicómico leer los intentos explícitos e implícitos de Schwab para justificarse como una Fantasista no-lectora de Tolkien cuando conecta con algunas de las cosas que él sostuvo y que incluso consolidó formalmente.

Desde luego, la ignorancia de la escritora también tiene ribetes menos felices. Por ejemplo, en una parte de su discurso compara los mundos ficcionales de Tolkien y Lewis:

Because a fantasy set entirely in another world is an escapism with limits. You can read about it, sure, but you can never really get there. A fantasy with a door, a portal, a way in, that breeds a different kind of belief. It is the difference between Tolkien and C.S. Lewis. Middle-earth is accessible only on the page. But Narnia had a door in the back of a wardrobe.

Personalmente, como Fantasista, me parece una tragedia pensar que quien lee sobre la Tierra Media no estuvo realmente en ella en su lectura. Cualquier mundo secundario bien construido, sobre todo desde un acento mitopoético, nos lleva a él desde el ejercicio de nuestra imaginación. Al margen de ello, Schwab ignora los orígenes de la Tierra Media como una propuesta explícita de Tolkien de mitologizar el Reino Unido, que a su juicio carecía justamente de un legado mítico digno. E ignora también, como estudia Shippey, que numerosos topónimos de la Tierra Media tienen su correlato original en localidades reales de Inglaterra.

Un Fantasista no tiene por qué ser un filólogo en la noción de disciplina académica, pero sí debería serlo en su sentido etimológico: amar las palabras. Y ese amor debería implicar, entre otras cosas, entender que las palabras mismas son portales tanto a mundos maravillosos como a nuestro propio mundo.

Schwab parece ignorar que un mundo secundario como la Tierra Media no surge del vacío absoluto, sino precisamente de la transformación artística de numerosos elementos de nuestro mundo primario a través de lo que el mismo Tolkien denominaba “consistencia interna de la realidad”. La autora reconoce que la Fantasía debe nacer de la realidad, pero creo que falla en comprender que este nexo no siempre tiene que ser marcado de manera explícita a través de la figura del portal en el universo diegético de una novela (ropero, libro, andén). A veces el portal lo cruzamos de manera extradiegética, al literalmente abrir un libro y leer con amor e interés sobre ese “otro” mundo.

Ahora, volviendo a la discusión central: ¿es el portal de Tolkien el que primero debiera cruzarse para llegar a Fantasía? Como Schwab, pienso que no. De hecho, creo que lo más natural es que no lo sea. ¿Por qué? Pues porque, por lo general, quienes pertenecemos a la misma generación que Schawb nos iniciamos en la lectura siendo aún muy niños con los cuentos de hadas u otras historias imaginativas, como cuentos populares. ¿No son estas narraciones también Fantasía? ¿Es que Schawb no conoció en su infancia los cuentos de hadas o populares? Sospecho que sí, y que lo que en realidad está diciendo es muy distinto: que nada de esto le importó nunca hasta Harry Potter, su propio portal.

Si pensamos en los cuentos de hadas como ficciones preliterarias y bases de la Fantasía contemporánea, parece difícil que un Fantasista no llegue a amarlos, y más aún en su infancia, cuando no se han terminado de codificar ciertos prejuicios. Por otro lado, si pensamos que la obra de Harry Potter es mundialmente famosa, entre otras cosas, por haber convertido en lectores a niños a los que nunca les había interesado leer (ni siquiera cuentos de hadas), podemos creer que parte de sus méritos son extra literarios y aun extra fantasistas.

¿Llevó realmente Harry Potter a Schwab a Fantasía, o una zona muy distinta, que a ella le parece Fantasía? Es una pregunta complicada. Prefiero pensar que hay portales que te llevan a territorios menos frondosos y representativos de la Fantasía, y que no tiene nada de malo cruzarlos, siempre y cuando entiendas que esta tierra tiene parajes más exuberantes y característicos y que vale mucho la pena intentar adentrarte en ellos. ¿Cómo reconocerte como Fantasista si no conoces sus hitos más relevantes?

IV. El portal de Tolkien: ¿alargada sombra o estela de cometa?

Tolkien no tiene que ser tu primer portal de acceso a la Fantasía. Pero sí debería ser uno de tus portales si te consideras Fantasista.

Por un lado, si comprendemos la genealogía del autor y atendemos a aspectos estructurales, éticos y estilísticos de sus diversos trabajos ficcionales, es innegable que nos encontramos ante una obra de gran belleza formal y profundo y enriquecedor contenido. En tiempos en los que tanto aficionados como académicos suelen concebir a la Fantasía como una literatura meramente comercial, escapista y divertida, una aproximación derechamente literaria a uno de sus corpus más destacados es tan necesaria como siempre.

Por otro lado, si asumimos que buena parte de las publicaciones de Fantasía postolkeniana siguen orbitando en torno a Tolkien, así sea desde la celebración o la condena, es innegable sostener que su relevancia como autor es tremenda. Incluso, podríamos plantear que autores populares que detestan a Tolkien y que desarrollan obras explícitamente contestatarias a la suya no pueden evitar estar en deuda con el Profesor: de no ser por el masivo éxito editorial de El Señor de los Anillos, probablemente varias influencias no literarias recurrentes (juegos de rol, videojuegos, juegos de cartas, etc.), y que algunos de estos escritores claman como sus fuentes principales, no habrían existido de la misma forma. Aun más: quizá podríamos atrevernos a proponer que estos escritores ni siquiera habrían tenido oportunidad de publicar sus trabajos, pues El Señor de los Anillos terminó abriendo un nicho de mercado comercial para la Fantasía, probablemente el único que habría consentido editarlos.

En efecto, conocer la obra de Tolkien siempre será ineludible si te interesa mínimamente la Fantasía. Entre otras cosas, de hecho, te permitiría entender qué aspectos que te molestan u odias del género vienen realmente de él y no de tu preconcepción sobre él o de autores menores y genéricos que dicen estar inspirados en él pero que en realidad vienen de otras fuentes.

En fin: en el contexto de la exploración de una expresión estética, para criticar una obra literaria con rigurosidad, debiéramos ser capaces de recorrer el bosque de sus palabras con nuestros propios pies. Y debiéramos entender también que incluso cruces ambiguos a la Tierra Media, en los que campean tanto la maravilla como la insatisfacción, son necesarios para ejercer una crítica como diálogo o debate. Le Guin lo hizo, con gran elegancia, en Terramar. Bodoc lo hizo, con gran conciencia latino-política, en la Tierra de los Confines. Incluso Murguía lo ha hecho, desde la voluntad de expandir desde la filiación, en esas historias medievalistas que son profundamente latinoamericanas aunque hablen de una Europa mágica.

El portal de Tolkien es necesario también, entonces, porque incluso grandes autores de Fantasía, así sigan, amplíen o critiquen su tradición, lo han leído y lo refieren en sus obras. Puedes valorar mejor a la Soledad de Murguía cuando sabes leer a Eowyn. Puedes entender mejor la mitologización de la Latinoamérica prehispánica de Bodoc cuando, en lugar de ponerla como una respuesta rabiosa a la tradición europea, como hacen casi todos los especialistas latinos en LIJ, la ves como un contrapunto a la mitologización de Inglaterra de Tolkien: distinto contexto, similar motivación.

Y puedes, desde luego, encontrar nexos entre una no-lectora de Tolkien como la propia Schwab y el propio inglés, sin que por ello dejes de desarrollar una crítica hacia su discurso.

Nos guste o no, Tolkien posee una relevancia avasalladora en la forma en la que se ha concebido, estudiado y entendido la Fantasía como expresión literaria a partir del Modernismo. Pero esto no solo se debe a Tolkien como creador de El Señor de los Anillos, sino también como autor del texto poético más importante de esta literatura, On Fairy Stories, cuya lectura sistemática y comprensiva podría purgar de una vez un montón de imprecisiones que arrastran tanto aficionados a la Fantasía como sus detractores (y que, tristemente, suelen ser las mismas). Por otra parte, numerosas ideas que autores jóvenes primermundistas como la misma Schwab o Alexandra Rowland (quien acuñó el concepto de hopepunk) parecen expresar o ser leídas como originales o rabiosamente contemporáneas ya las expresó Tolkien hace más de medio siglo.

Ignorar o minimizar esto no es ya solo una muestra de desprecio injusta hacia el autor, sino una afrenta hacia la propia Fantasía como literatura, que se asentó precisamente en este tipo de conceptualizaciones estéticas.

IV. Cruzar umbrales: una conclusión que es más bien una nueva puerta abierta

La metáfora de los portales me parece hermosa y pertinente, pero me temo que en su uso habitual se margina algo importante: no cruzamos una única vez por ellos a Fantasía. Entramos y salimos, una y mil veces, y nunca somos los mismos. A cada cruce de umbral, estamos redescubriendo tanto aquella historia amada como a la propia Fantasía.

Pero, si tu único portal cruzado es siempre Tolkien, aunque este posea una capacidad pasmosa de renovarse, te estarías perdiendo muchas cosas bellas y únicas del portal de otros autores, como las que enumero a continuación.

La concepción de la magia en Terramar y el crecimiento interno de Ged y Tenar, en Ursula K. Le Guin, que nos enseñó no ya el viaje de un héroe genérico, sino el de un hombre y el de una mujer. Los intrépidos niños victorianos de E. Nesbit y sus fascinantes aventuras mágicas, que nos enseñaron que una buena infancia sigue siendo más o menos la misma en todas partes, en todas eras. La conjunción niño-niña de George Macdonald, que nos enseñó que lo masculino y lo femenino, más allá de visiones reaccionarias, deben complementarse. La profunda melancolía de toda la Fantasía de Ana María Matute, que nos enseñó que a veces la imaginación podría no tener un final feliz. La excelente disertación sobre la magia como disciplina académica y arte de Susanna Clarke, que nos enseñó (¿o recordó?) que amar la magia y la propia Fantasía supone una tragedia de incomprensión. La tristeza y el desamparo amoroso de los personajes humanos, animales e inanimados de Hans Christian Andersen, que tempranamente nos enseñaron del dolor y de la crueldad. El desgarro de la muerte de un ser querido en Astrid Lindgren, que nos enseñó que quizá haya un Cielo más allá del Cielo, y que quizá ahí también puedan librarse aventuras. Las jóvenes de Verónica Murguía, en largos peregrinajes internos y externos para crecer como mujeres, que nos enseñaron que una sigue siendo, a pesar de todo, una muchacha en su interior. El sudor, la sangre y las lágrimas de la principal familia de los Confines, que nos enseñaron que la épica también podía narrarse en nuestra propia lengua hispana. La lucha de todos los Amigos de Narnia de C.S. Lewis, que nos descubrieron que a veces podemos rezarle también a un León. Y el viaje metaliterario y de metafantasía del Bastián de Michael Ende, que nos recuerda siempre que, justamente porque esto es un portal, tenemos que volver al mundo real a traer el agua de la vida a nuestros seres queridos.

Todas estas experiencias te llevan a otros confines de Fantasía, y te permiten contemplar al viejo Tollers desde ángulos distintos.

Y bueno, si solo cruzas por portales contemporáneos como los de Schwab y miras con recelo a Tolkien, te perderás la experiencia de lo antiguo, de la esperanza y de lo triste, y estarás enfrentándote por siempre con un enemigo difuso al que nunca has conocido, uno que solo existe en tu cabeza. Si reniegas de la tradición, será como si escupieras sobre la tierra que permite sostener tus cimientos actuales, y no te diferenciarás mucho de tantas otras tradiciones literarias normativas que también abjuraron de sus maestros.

Si solo cruzas por portales contemporáneos, además, portales construidos ante todo por el imperio cultural estadounidense, estarías olvidando algo muy importante: muchos de aquellos nuevos autores hoy son punta de lanza por las tendencias del mercado; mañana podrían ser herrumbre, y Tolkien seguirá brillando en algún corazón rebelde.

En fin: en una coyuntura como la nuestra, en la que la tradición imaginativa y sus grandes referentes se ven constantemente humillados y escarnecidos por todo tipo de frentes, necesitamos más que nunca compañeros imaginadores. Pero no podemos unirnos solo a partir de nuestro odio rencoroso o nuestra filiación irreflexiva a Tolkien. Tenemos que hacerlo recorriendo todo tipo de terrenos de Faërie, centrales y periféricos, más allá de nuestras preferencias láricas más íntimas. Y tenemos que atrevernos a criticar esos pasajes, desde luego, pero solo una vez que hayamos descifrado las inscripciones de sus respectivos portales, o de lo contrario de nuestras bocas saldrán las mismas palabras cansinas de aquellos que desprecian toda tierra imaginativa.

Porque todos nosotros al menos cruzamos un portal, a diferencia de aquellos otros. Honremos entonces ese primer cruce mirando al horizonte, a esos otros portales que nos esperan en la vastedad de Faërie, y seamos dignos de considerarnos no ya tolkienistas o antitolkienistas, sino, simple y complejamente, fantasistas.

Bibliografía

Attebery, Brian. Strategies of fantasy. Indiana University Press, 1992.

Schwab, Victoria. “‘In Search of Doors’: Read V.E. Schawb’s 2018 J.R.R. Tolkien Lecture on Fantasy Literature“. Tor, 13 de agosto de 2018, https://www.tor.com/2018/08/13/in-search-of-doors-read-v-e-schwabs-2018-j-r-r-tolkien-lecture-on-fantasy-literature/ 

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