Tolkien o «el autor es más que un hombre de su tiempo»

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~Por Emilio Araya Burgos

Voy a hacer una confesión. Específicamente, una de aquellas que suelen incomodar a las personas. No me gustan mucho las películas. Puedo ir al cine (de vez en cuando), o ver alguna cosa en Netflix para pasar la tarde, pero no voy mucho más allá. No estoy al corriente de los últimos estrenos, ni me interesa, identifica o apasiona la vida de los actores y actrices del séptimo arte. Una excepción a esta regla son las películas de animación, pero no hablaré de ellas en esta oportunidad. Mi propósito es hablar acerca de Tolkien, la biopic que revisa los primeros años de la vida del autor de El Señor de los Anillos.

Hace un tiempo, en medio de mi habitual búsqueda de noticias relacionadas con la Tierra Media, di con el anuncio de que Fox Searchlight estaba trabajando en una película acerca de la vida del creador del universo literario anteriormente mencionado. Recuerdo haber visto un par de imágenes de Nicholas Hoult (Tolkien) y Lily Collins (Edith Bratt) paseando por el campo, más algunas instantáneas del rodaje localizadas en un campo de rugby con muchos jóvenes enlodados.

En ese momento, no supe qué pensar. Luego del fiasco de la adaptación de El Hobbit, me volví averso a cualquier relación entre la obra de Tolkien y el medio audiovisual. En general, estoy de acuerdo con Christopher Tolkien cuando afirma que la comercialización de la obra “ha destruido el impacto estético y filosófico” del legado de su padre. A mi juicio (aunque este es otro de los temas que tendrán que quedar para otra ocasión), la popularización de la literatura de fantasía ha contribuido a que mucho de los aspectos más profundos de este tipo de narrativa hayan quedado reducidos a clichés, estereotipos o distorsiones, que, en mi opinión, le han hecho más mal que bien a este tipo de ficción.

Debido a todo lo anterior, me parece muy extraño estar escribiendo esta reseña, especialmente si tomamos en cuenta que los mismísimos herederos del autor y su esposa han querido mantenerse al margen del (poco) movimiento que generará esta incursión en la historia de sus progenitores. Esto es debido a que, a la hora de arriesgar un balance, creo que Tolkien yerra y acierta en partes prácticamente iguales a la hora de interpretar la vida y obra del profesor.

Uno de los grandes aciertos de esta producción es lo relativo a la recreación de un drama de época. Si bien los espacios en los que se desarrolla la acción remiten a la intimidad de una biblioteca o un salón de té, la atmósfera logra transportarnos a la Inglaterra de principios del siglo veinte. Incluso las escenas que representan el Somme consiguen, a pesar de su carácter restringido, retratar el horror y la devastación de las trincheras.  En este punto en particular, aunque no destaca especialmente, el trabajo fotográfico detrás de la producción logra un puñado de momentos particularmente sugerentes. Hay una toma en la que el joven Tolkien aparece recostado al fondo de un cráter cuya ladera está literalmente alfombrada de cadáveres. El agua que baña sus pies está entremezclada con la sangre de los caídos, formando un círculo cuyas orillas se confunden con el barro y los inertes miembros de los hombres caídos en combate.

La banda sonora de la película, compuesta por Thomas Newman, también posee ciertos méritos. Si bien un veredicto acerca de esta última requiere de la opinión de un especialista en el área, lo que puedo decir, desde mi punto de vista de espectador, es que me pareció más que apropiada. Algunas de sus melodías quedan flotando en los rincones más apartados de la mente, esperando un reencuentro posterior. Hay algunos momentos en los que la música recuerda, ciertamente, al trabajo de Howard Shore en la trilogía de El Señor de los Anillos, pero de una forma muy elegante y sutil. No se siente, en ningún momento, como un guiño forzado, sino más bien como una familiaridad inevitable. La música de la vida de un autor no puede sino asemejarse, al menos de manera metafórica, a la música que puebla su obra.

Un último aspecto que me gustaría destacar en el ámbito técnico es el trabajo actoral del reparto. Desde los actores principales a los secundarios (entre los que destaca Derek Jacobi, como el profesor Joseph Wright), se puede observar un digno trabajo de actuación que, si bien quizás no llegue a la altura de los Oscar u otros premios del rubro, tiene el mérito de fortalecer el «hechizo» cinematográfico de la obra. En particular, me gustó muchísimo la actuación de Lilly Collins como una Edith Bratt inquieta, desafiante y llena de vida, que va más allá del modelo de la mujer que solo actúa como telón de las proyecciones imaginativas de un escritor. También me gustaron mucho las versiones jóvenes de Tolkien y los demás miembros de la T.C.B.S. Cada uno (a su manera) estaba lleno de la vibra y desfachatez que caracteriza los primeros años de un creador. Quizás, esto último fue lo que más me gustó de toda la película, aunque no esté exento de complicaciones o sutilezas.

La literatura de formación (o Bildungsroman) tiene varios géneros. Uno de ellos es el Kunstlerroman o «la novela de educación de un artista». En ese sentido, Tolkien es, a mi juicio, una versión relativamente competente de los aspectos esenciales de este tipo de ficción, al menos en lo que toca a la relación del héroe con su “sociedad literaria secreta”. Sin embargo, presenta varios problemas a la hora de representar la delicada y a menudo imprecisa relación que media entre un autor y sus influencias. Esto último ya quedaba en evidencia en los adelantos más tempranos de la producción, en la que se nos mostraban fantasmagorías de dragones y caballeros negros desolando el Frente occidental. Me imagino que esto tiene la intención de venderle a la audiencia el mensaje de que es así como los escritores obtienen sus ideas.

El caso del profesor Tolkien como creador es pródigo a la hora de inspirar artículos, generalmente de corte periodístico, que intentan relacionar determinadas locaciones con la labor creativa del autor. Existe el ejemplo de Mosley Bog, un lugar cercano a Birmingham que nos es presentado como “el bosque donde Tolkien jugaba de niño y que inspiró El Señor de los Anillos”.  La última es, por cierto, una afirmación muy difícil de probar, solo si consideramos que el propio escritor falleció hace casi medio siglo y no está aquí para corroborar o desacreditar la afirmación. Por otro lado, el mismo Tolkien apunta que, si bien es difícil que un autor logre sustraerse completamente de sus experiencias, “la manera en la que el germen de una historia saca provecho [de esta última] es extremadamente compleja, de modo que los intentos de definir [el proceso creativo a partir de esta] son, en el mejor de los casos, meras conjeturas, a partir de evidencia incompleta o ambigua”.

En ese sentido, pretender que la experiencia en la Primera Guerra Mundial es el conjunto de sucesos determinantes en el Kunstlerroman del profesor me parece una tesis muy difícil de defender. Por un lado está el problema de que los mecanismos mediante los cuales experiencia e imaginación se enhebran no están del todo claros, algo que, como discutiré más tarde, Tolkien parece resolver con muy poca elegancia. Por el otro, nos encontramos con el “obstáculo” de la complejidad del sujeto. El autor de El Hobbit no solo fue un hombre que fue a la guerra y respondió al horror que esta le arrojó de vuelta con sus tanques primitivos y sus lanzallamas monstruosos. Fue, de hecho, un hombre que fue a la guerra llevándose un bagaje al que el conflicto pudo haber permeado de forma peculiar, contribuyendo al resultado conocido por el público.

Así, incluso aquellos que defienden la tesis de Tolkien como un “autor traumatizado” (como es el caso de Tom Shippey) lo hacen a partir del reconocimiento de esta pluralidad de intereses constitutivos. Un Tolkien sin la filología; un Tolkien sin el conocimiento y la reflexión de la literatura prenormanda (es decir, un Tolkien sin Beowulf), es tan incompleto como un Tolkien cuyo misticismo católico ha sido reducido, en el contexto de la película, a un Cristo crucificado en el campo de batalla. Este retrato es fragmentario y favorece una visión unidimensional del escritor, fundamentalmente idealista, que ignora, por ejemplo, al Tolkien que (si bien de mayor), sentía afinidad por la oscura y pesimista visión anglosajona de la vida, como una serie de estériles victorias que acaban finalmente con la muerte. Quizás, esto podría abordarse en una secuela del filme, dedicada a profundizar la amistad del creador con C.S. Lewis y los demás miembros de The Inklings. Tal vez, finalmente, el Tolkien más joven no sea el Tolkien más interesante.

Para terminar, me gustaría volver a la forma en la que los creadores de la película decidieron representar el proceso de cómo el escritor, lentamente, va imaginando los rudimentos de la que se convertiría en la Tierra Media. Este proceso se da por medio de intromisiones, muy poco sutiles, de personajes imaginarios invadiendo lo que el mismo Tolkien llamaría, más adelante el «mundo primario». Desde el teatro de sombras y las lecturas dramatizadas de Mabel (Laura Donelly) a las sombras incorpóreas que recorren el Somme durante los puntos más álgidos de la carnicería, se presenta la idea de que el acto de imaginar es más parecido al delirio alucinatorio que a una operación mediada por la razón (aunque no determinado por ella).

Un ejemplo particularmente torpe de la imaginación como un fenómeno irracional o fuera de control se da en una escena en la que un Tolkien borracho, despechado por una noticia capaz de derrumbar a cualquier enamorado, irrumpe en el jardín del dormitorio del profesorado universitario, en plena noche oxoniense, para despertar a sus maestros con una diatriba en lenguas semi-inventadas. El episodio habría funcionado como un momento de comprensible patetismo si no hubiera culminado con el joven estudiante, de cara al cielo nocturno, contemplando una estrella y repitiendo en clave delirante los versos de un poema muy querido para el Tolkien histórico, en el cual se habla de Earendel “el más brillante entre todos los ángeles / enviado sobre los hombres en la Tierra Media” y que serviría de punto de partida para una de las tres leyendas principales de El Silmarillion. No estoy seguro de que “Tollers” se hubiera sentido cómodo con la manera en que los guionistas eligieron presentar esos versos al espectador, más si se tiene en cuenta que se trataba de un poema religioso y que Tolkien, probablemente, encontró en un contexto muy distinto.

Lo anterior, no obstante, es conjetura. Mi propósito, por cierto, nunca ha sido alegar a favor o en contra de la historicidad de la película. Este tema ha sido y seguirá siendo tratado por gente mucho más capacitada que yo para evaluar los méritos históricos de la producción. Lo que más me ha llamado la atención de Tolkien es, para bien y para mal, los discursos que ha intentado entretejer alrededor de la compleja relación entre un autor y la obra que ha concebido. En ese ámbito, el discurso que la película teje en torno a Tolkien y los miembros de la T.C.B.S. no va mucho más allá de lo acostumbrado, presentándonos a un escritor fundamentalmente luminoso, carente de las tensiones y contradicciones en cuyo balance se sostiene la feliz tristeza de los elfos. Lo mismo ocurre con los intentos de representar la imaginación y el mundo interno del autor. Tolkien tiene buenas intenciones y se adjudica varias victorias de las que no pude hablar en esta oportunidad, pero la sutileza (o la elegancia) no es una de ellas.

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