Fantasía y Medioevo: entre la imaginación y el imaginario

~Por Paula Rivera Donoso

Hace muchos años, para un cumpleaños posadolescente, unas amigas de entonces me regalaron un libro diciéndome que lo habían elegido con mucho cuidado porque sabían que me gustaban “las cosas de fantasía”. Aquel libro era… Un mundo sin fin (2007), de Ken Follet. Naturalmente, comencé a leer la obra con entusiasmo, uno que se fue diluyendo poco a poco a medida que las páginas pasaban y pasaban y no encontraba nada mágico, nada nostálgico, nada que me evocara la belleza de la fantasía que ya había conocido con Tolkien. Por supuesto, esto se debía que esta no era una novela de fantasía, sino una novela histórica. Ahora, al margen de que terminé el libro con la desagradable sensación de que había leído una suerte de teleserie en un Medioevo de cartón piedra, tuve entonces una temprana intuición que el tiempo comprobó correcta: muchas personas suelen asociar la fantasía con la Edad Media, incluso si determinado retrato ficcional medieval no incluye ningún código específico de esta literatura.

¿De dónde viene esta asociación, en realidad? ¿Por qué el imaginario medieval es tan predominante como inspiración en la fantasía épica? ¿Y de qué maneras en particular se plasma este imaginario en las obras? Todas estas preguntas, entre otras similares, me han ido surgiendo a lo largo de los años, y creo contar ahora con un poco más de conocimientos y lecturas para intentar darles respuesta. El propósito de este artículo, entonces, es compartir parte de mis investigaciones y reflexiones en torno al tema.

I. Medievalismo y estudios medievales

Lo primero por considerar es que, del mismo modo en que no toda la fantasía abreva en el Medioevo como fuente de inspiración, la fantasía que sí lo hace no pretende entregar un retrato fidedigno de las múltiples capas y complejidades Medioevo histórico. Por ello, el habitual término de “fantasía medieval” es una imprecisión conceptual. Mucho más adecuado es el término de “medievalismo”.

Este, acuñado por John Ruskin en 1853, daba cuenta del interés general de los tempranos victorianos hacia esta era. Posteriormente, sin embargo, con el fortalecimiento de la Historia como una disciplina científica, quedó claro que el medievalismo y los estudios medievales eran dos formas distintas de encarar esta era. El primer concepto refiere a un constructo mítico trazado en torno a la Edad Media, que entrega cierta idea o metáfora de esta que puede o no apartarse de su fidelidad histórica; el segundo, en tanto, refiere al acercamiento académico y riguroso a esta era, que sí pretende mantener la fidelidad histórica(1). Como sintetiza Carroll (2014), “Generally, the critics agree that medievalism involves material from the Middle Ages interpreted, reframed, and presented in such a way as to comment on the contemporary social, political, religious, and other considerations of the artist, philosopher, or critic in question” (8).

Desde luego, la anterior no es una distinción de valor. Que el medievalismo no pretenda trabajar desde el rigor histórico no significa que sea una dimensión menos valiosa que los estudios medievales. Antes bien, el medievalismo nos permite la interesante y útil posibilidad de reflexionar en torno a cómo y por qué construimos una visión reimaginada del período en cuestión, a partir de qué dimensiones específicas, y qué relación podemos establecer entre esta construcción y los aspectos sociales, políticos, culturales o artísticos del período en que vivimos actualmente.

II. Fantasía medievalista y neomedievalista

Podemos entender entonces el término de “fantasía medievalista” como un tipo de fantasía que recoge determinados elementos históricos, culturales o literarios de la Edad Media (entre otros), los transforma estética e imaginativamente y los presenta refractados y codificados bajo sus propias leyes de funcionamiento interno en una obra literaria no mimética.

El aspecto imaginativo y transformador es de suma importancia. Si ya no estamos encorsetados dentro de los moldes históricos del verdadero Medioevo, entonces no tienen ninguna validez los habituales reparos respecto de lo “poco realistas” que son algunas novelas de fantasía medievalista. Las armaduras de peso excesivo que sin embargo permiten ágiles movimientos, los duelos espectaculares e imposibles o las sanaciones mágicas inmediatas, por ejemplo, no serían defectos de verosimilitud. Porque no estamos en el mundo real histórico, sino en un mundo secundario en que tales proezas, si son narradas de manera consistente, podrían ser plenamente verosímiles.

Por lo demás, también es necesario recordar otra cosa: más que tener como referente el medioevo histórico, algunas novelas de fantasía medievalista tienen el suyo en los romances, una literatura pletórica en este tipo de “excesos”. Que su lectura pueda molestar a algún lector estribará ya en un asunto de preferencias personales, pero esto no necesariamente tendrá que ir ligado a un problema de composición del autor.

Existe otro concepto irremediablemente vinculado con el medievalismo: el neomedievalismo. Este término refiere a una suerte de medievalismo posmoderno, que ya no se sostiene en verdaderas fuentes medievales, sino en el propio imaginario medievalista, de por sí transformado. Naturalmente, esto implica una distancia aún mayor a la referencia histórica y cultural de la Edad Media. Podría sostenerse que la mayor parte de obras de fantasía contemporáneas que presentan un mundo secundario que remite al Medioevo son, en efecto, neomedievalistas, pues no se han inspirado tanto en la literatura o elementos socioculturales generales del período histórico como en la construcción previa que se ha hecho de estos aspectos en diversos medios, como videojuegos, juegos de rol o las propias novelas medievalistas.

En todo caso, pese a lo anterior y a la ominosa asociación con la posmodernidad, no debiera entenderse al neomedievalismo como un medievalismo degradado. Carroll (2014) incluso plantea que el primero es una manifestación concreta del segundo, y que de marginárselo de los estudios académicos medievalistas se corre el peligro de que se pierda en la marejada de la cultura popular.

Ahora bien, mi gran reparo personal con el neomedievalismo estriba en lo siguiente: ¿es que acaso el aficionado a esta construcción medievalista cada vez más difusa no desarrollará nunca un interés por aprender sobre la literatura o formas culturales históricas del período? ¿Por qué?

Precisamente, una manera de fomentar este interés es preguntarse de qué manera se presenta el imaginario medievalista en las obras de fantasía. O, en otras palabras, cómo se trabaja con aquellas fuentes genuinamente medievales.

III. Tipos de imaginarios medievalistas desarrollados en obras de fantasía

No existe una única respuesta a la pregunta anteriormente formulada, claro, pues se trata de una relación bastante compleja. La académica medievalista Helen Young (2010) acierta al señalar que las taxonomías que pretenden sistematizar el vínculo entre fantasía y medievalismo son problemáticas por el riesgo de simplificación, que no permitiría abordar las múltiples maneras en que determinado texto puede conectar con el medievalismo (165). Pese a lo anterior, considero que las taxonomías sí son útiles para ayudar a formar una comprensión inicial en el neófito. Y, entre ellas, quisiera destacar en particular las de Michael D.C. Drout, especialista en literatura medieval y en la obra J.R.R. Tolkien, por su claridad.

Drout (2004) plantea tres tipos de fantasía medievalista, según la manera en que se relacionan con este constructo o con los propios elementos de la Edad Media. En el primer tipo, no se hace mención explícita a la referencia, pero tampoco se pretende ocultarla en el texto. Este es el caso de la obra de J.R.R. Tolkien. En ella, nunca se nos presenta declaradamente las fuentes literarias anglosajonas o nórdicas en las que el autor se basó en numerosos pasajes de su historia. Sin embargo, todo lector con un mínimo bagaje en ellas apreciará estas influencias claramente en el texto. Ejemplos de ello, entre otros, se encuentran en la construcción reformulada del personaje de Éowyn a partir de las valiquirias en la literatura nórdica, o de los rohirrim a partir de los anglosajones históricos, con interesantes agregados (por ejemplo, su vínculo con los caballos).

El segundo tipo refiere a una mención explícita tanto de las fuentes como de las eventuales transformaciones efectuadas en ellas, lo que puede dar origen a tratamientos metaficcionales. Este es el caso de la serie The Once and Future King (1958) de T.H. White, que constante y declarativamente señala que su fuente es la materia artúrica y, en particular, el trabajo de Thomas Malory. Otro caso, naturalmente desconocido por Drout, es el de la novela El fuego verde (2016), de la mexicana Verónica Murguía, probablemente la autora de fantasía medievalista más destacada de Latinoamérica. En esta obra, se menciona explícitamente la existencia del poema anglosajón Beowulf y de la materia artúrica, ambas tradiciones literarias de las que se apropia su protagonista.

El tercer tipo, finalmente, refiere a aquellas inspiraciones en textos neomedievalistas de todo tipo antes que en fuentes medievales propiamente tales. Este es el caso, como se señaló anteriormente, de buena parte de la producción de fantasía épica contemporánea, por lo que quizá no sea necesario nombrar ejemplos particulares.

Revisada la anterior taxonomía, es posible que surja con mayor inquietud una última pregunta, quizá la más lógica de formularse: ¿por qué el Medioevo, por qué el medievalismo y el neomedievalismo? En otras palabras, ¿qué tiene el Medioevo en general y el medievalismo en particular que seduce a tantos autores de fantasía al momento de concebir sus obras? Una respuesta intuitiva y que apenas requiere conocimientos culturales básicos estriba, sencillamente, en que se trata de una época y un imaginario fascinantes. Pero, naturalmente, necesitamos una respuesta más contundente en este contexto.

En primer lugar, es evidente que el Medioevo es una época pródiga en elementos no miméticos. Incluso la tradición ficcional europea en la que se sostiene conecta con este acervo, a través de los cuentos de hadas y los mitos. Es fácil apreciar la presencia de estos elementos, incluso a nivel superficial, en la fantasía medievalista y neomedievalista: bestias míticas, objetos de poder, órdenes de caballería o arquetipos de diversa índole, por ejemplo. En otras palabras, lo que hace este tipo de fantasía es, simplemente, continuar a su manera con una tradición de larguísima trayectoria en el continente europeo.

En segundo lugar, y en relación con lo anterior, Attebery (1992) señala que esta filiación a elementos medievales o derechamente (neo)medievalistas opera como un repositorio que facilita la aproximación al lector a la obra de fantasía y que libera al autor de la necesidad de crear imaginarios sin referente alguno. Lo que se genera a partir de esta filiación es una peculiar construcción de la evasión de lo ordinario, que sin embargo se sostiene en elementos (transfigurados) de la realidad. Por un lado, se recrea un entorno ficcional que remite a un imaginario más o menos histórico y relativamente familiar para el europeo; por otro, este se presenta como lejano y desconocido por la distancia de los siglos. En palabras de Selling, “The reassuring predictability of the familiar medieval
atmosphere fulfils the need to depart from the everyday world, and contributes to the lure of fantasy through the creation of realms where good and evil are clearly delineated” (213).

IV. Fantasía medievalista y neomedievalista… ¿en Latinoamérica?

Bien, pues: lo anterior explica de manera lógica esta predilección por el Medioevo y el medievalismo… pero en un contexto europeo o, a lo más, norteamericano. Sin embargo, ¿qué sucede en Latinoamérica? Nuestro continente, por desgracia, no tuvo Edad Media, y sin embargo en nuestros países sí se escribe fantasía medievalista; esto es un hecho incuestionable, más allá de la calidad o relevancia literaria de esta producción. ¿Por qué? Si para los europeos y angloparlantes el legado medieval tenía que ver con un sedimento maravilloso de relativa cercanía, vemos que no podemos recurrir a la misma respuesta para explicar la fascinación latina por la fantasía medievalista y neomedievalista(2).

Nuevamente, un intento intuitivo de réplica a esta interrogante puede sonar bastante obvio y aburrido: por mera imitación por inercia de los modelos primermundistas, sobre todo en el caso del neomedievalismo. Sin embargo, y aun cuando creo que eso es en efecto lo que sucede en muchas obras menores, pienso también que nos volvemos a encontrar con que la respuesta es mucho más compleja.

Compleja y quizá polémica, para algunos.

Comenzaré a urdir mi propuesta de explicación a partir de esta bella cita de Rubén Darío, presente en su obra Prosas profanas y otros poemas (1896): “[…] he aquí que veréis en mis versos princesas, reyes, cosas imperiales, visiones de países lejanos o imposibles: ¡qué queréis! yo detesto la vida y el tiempo en que me tocó nacer”. Luego, lo complementaré con las siguientes palabras de Verónica Murguía:

Quizás si hubiera nacido en Europa la visión de un castillo o un poema medieval no me impresionarían tanto. Pero esto es una suposición, una conjetura imprecisa. Sospecho que soy como Rubén Darío y que me fascina lo lejano. […] En la niñez me enamoré de los cantares de gesta y de la Edad Media europea. Es un amor sincero que surgió mucho antes que la vocación y que se consolidó en la mayoría de edad […] Se me preguntó, con todas sus letras, por qué no escribía sobre los problemas que aquejan al país. No sé qué responder. Sí escribo sobre México, pero en mi columna del periódico. (17-18).

Lo primero que puedo desprender de esto es que el amor por el medievalismo surge de una pulsión personal, que estriba más en la formación íntima como lector asentado en cierta tradición occidental que en un apego estricto y exclusivo al propio contexto local. Puede parecer una obviedad recordar que, como lectores y autores, tenemos el derecho de amar lo que se nos plazca, pero en Latinoamérica, un continente que históricamente parece exigir un compromiso sociopolítico con la propia realidad para validar una obra (o incluso a una persona en tanto persona), esto resulta bastante menos de Perogrullo(3).

Un segundo punto por destacar es que, a diferencia de los autores del Primer Mundo, los cultores latinos de la fantasía medievalista (o de cualquier literatura influenciada por esta corriente) se relacionan con este legado por distancia, no por cercanía. Para nosotros, que no tuvimos Edad Media, los referentes históricos del periodo bien podrían parecernos una invención fabulesca más, aunque no lo sean. Y este efecto, tan medievalista, me parece maravilloso. Amamos la fantasía, en parte, porque la sabemos imposible, lejana, habitante de un horizonte inalcanzable. ¿Y qué más imposible y lejano para un latino que el Medioevo?

Me atrevo incluso a decir que esta relación por distancia tiene más de imaginativo que la relación por cercanía: porque no tuvimos nada, lo creamos para nosotros; nos lo apropiamos y lo transformamos. Quizá, en ese sentido, no haya manifestación medievalista más pronunciada que la de un latino apasionado por sus fabulaciones sobre un mundo allende el océano. Y sin duda que no hay mayor valentía que amar y luchar por aquellos mundos medievalistas cuando nuestro propio mundo nos insiste, cruel y majaderamente, que tales ensoñaciones no nos pertenecen y que debemos hablar del aquí y del ahora, acaso tan miserable como el Medioevo histórico, pero sin ninguna de sus bellezas.

V. A modo de conclusión

A partir de lo anteriormente revisado, resulta más sencillo comprender por qué el imaginario medieval(ista) ha sido tan predominante en la fantasía a lo largo de todos sus siglos de historia como género ficcional. A su vez, de esto se desprende también que se trata de una filiación bastante más compleja de lo que podría suponerse solamente desde la mera intuición. Del mismo modo en que la Edad Media como período histórico trasciende con creces el prejuicio de “Era Oscura” o barbárica, la fantasía medievalista y neomedievalista también trascienden la simplista idea de que solo se cultivan por costumbre o tendencia, ambas asimiladas de manera supuestamente acrítica.

La prolongada tradición no mimética desarrollada por la Europa occidental se asienta con fuerza en la producción literaria y cultural del Medioevo y define un imaginario poderoso y rico, que ha resultado históricamente atractivo tanto para lectores como para autores, y todos ellos de distintas épocas y procedencias. Como se analizó en el texto, además, existen diversas formas de trabajar con el acervo (neo)medievalista, todas interesantísimas a su manera. Por último, se procuró esbozar un intento de explicación sobre los motivos que puede tener un lector y/o autor latinoamericano por un imaginario y una tradición tan lejanos a los de su tierra, una tentativa siempre polémica.

Desde luego, nada de lo anterior presupone que la fantasía medievalista o neomedievalista no presente diversos tipos de complicaciones, tanto éticas como estéticas. Sin embargo, lo que se ha pretendido en este texto es definir y caracterizar someramente las corrientes medievalistas y neomedievalistas en esta literatura, precisamente para que pueda resultar más sencillo pensarlas de manera crítica en la medida en que se necesite, sobre todo en miras de su complejidad. Se espera entonces que este artículo pueda contribuir a formular nuevas preguntas y reflexiones.

Bibliografía

Attebery, Brian. Strategies of fantasy. Indiana University Press, 1992.

Carroll, Shiloh. “Enchanting the Past: Neomedievalisms in Fantasy Literature.” JEWLScholar@MTSU, Middle Tennessee State University, 2014, jewlscholar.mtsu.edu/handle/mtsu/3691.

Darío, Rubén. Prosas profanas y otros poemas. Ediciones Akal, 1999.

Drout, Michael D.C. “The Problem of Transformation: The Use of Medieval Sources in Fantasy Literature.” Literature Compass 1.1 (2004): 1-22.

Henríquez, Pedro. “El descontento y la promesa”. 1928. La utopía de América. Ángel Rama y Rafael Gutiérrez Girardot (eds.). Biblioteca Ayacucho, 1978.

Murguía, Verónica. “Desde el fondo de la Matrioshka.” Cuadernos hispanoamericanos 776 (2015): 14-20.

Selling, Kim. “Fantastic neomedievalism: The image of the Middle Ages in popular fantasy.” Flashes of the fantastic (2004): 211-218.

Young, Helen. “Approaches to medievalism: a consideration of taxonomy and methodology through fantasy fiction.” Parergon 27.1 (2010): 163-179.

Notas

(1). Pese a lo anterior, se suele denominar “medievalista” más al especialista académico en Edad Media que al entusiasta del medievalismo.

(2). Una fascinación, en todo caso, bastante moderada a nivel continental. Por trayectoria histórica, una de las muchas miserias de nuestra Latinoamérica ha sido despreciar sostenidamente la literatura imaginativa y la propia imaginación. De hecho, las dos literaturas no miméticas más preponderantes en estos lares son, precisamente, aquellas que más dependen de una representación mimética de la realidad (lo que implica que son, a la vez, las menos imaginativas): lo fantástico y la ciencia ficción, ambas cultivadas aquí con una marcada intención política. De ahí que la mayoría de obras canónicas o validadas de la tradición no mimética suelan recaer de manera casi exclusiva en estos dos géneros. La fantasía, por desgracia, suele estar en cambio asociada a tendencias de mercado, a producciones juveniles de mucho ruido y poca sustancia y a subproductos derivados de una cultura popular, no necesariamente literaria.

(3). Para adentrarse en una discusión más profunda en torno a la siempre tensa relación entre lo autóctono de Latinoamérica y la tradición occidental, sugiero la lectura del texto “El descontento y la promesa”, de Pedro Henríquez Ureña (1978). Evidentemente, suscribo a sus palabras cuando refiere a que los latinos tenemos pleno derecho a reclamar el legado occidental para nosotros (42).

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