De lo que hablamos cuando hablamos de «fantasía»

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Ilustración de Eyvind Earle.

~Por Emilio Araya Burgos

La visión y la palabra

La palabra «fantasía» tiene, en español, muchas acepciones. Una búsqueda rápida en el diccionario de la Real Academia Española arroja resultados tales como «grado superior de la imaginación; la imaginación en tanto inventa o produce» o «ficción, cuento, novela o pensamiento elevado e ingenioso». Otros significados nos remiten al terreno de la música o la psicología. También se la asocia con el término «fantasmagoría», lo que sugiere, incluso, su vínculo con la falsedad o la ilusión.

En inglés, de hecho, «fantasy» quiso decir, alguna vez, apariencia ilusoria. El significado es del siglo XIV y proviene del francés antiguo «fantaisie» y «phantasie», ambos, a su vez, de origen grecolatino. Lo interesante es que, en latín y en griego, «phantasia» no es lo mismo que «deceptio visus» en el sentido de engaño visual, o al menos no únicamente. Si bien la palabra tiene que ver con imagen, percepción y apariencia, también se vincula con el poder de la imaginación para engendrar visiones.

Esto último nos remite a la raíz “bha-” de la lengua proto-indoeuropea, la que se asocia tanto al verbo «brillar» como «hablar».  En ese sentido, y como sugieren algunos estudiosos, “bha-“,  se habría transformado fonéticamente en “pha-“, dando origen a términos como “phainein” («traer a la luz») o phantazein («mostrar o «visibilizar»). Palabras como «fantasma», «fenómeno» y «fotografía» vienen de esta familia de vocablos.

Ahora, lo interesante es que “bha-” (o “pha-“, «fa» en español) también remite, como ya dijimos, al verbo «hablar». De esta acepción nacen palabras tan diversas como «fábula», «megáfono», «sinfonía» o «hada». Para entender esto último, debemos considerar el verbo latino «fari», que significa «hablar», el cual declina en «fatus» y está emparentado con  «fatum» (pl. «fata»), del que vendrían los términos «faie» o «fay». Faerie, el reino de las hadas, también llamado Fantasía o El país de los elfos, sería entonces el reino de la visión y la palabra. Fantasía, de manera análoga y desde sus raíces más profundas, sería la facultad de engendrar visiones por medio del poder de la palabra.  Es decir, «la imaginación en tanto inventa o produce» imágenes. Esta definición es bastante vaga, pero es un buen punto de partida.

Una facultad superior

Quizás podamos afinar un poco más el concepto si prestamos atención al significado de «imaginación» y lo consideramos en el contexto de su historial etimológico.

En relación a lo primero, el diccionario de la Real Academia Española lista las cuatro definiciones de imaginación en el orden que se reproduce a continuación y que se relaciona (tal y como la misma fantasía) con la ilusión, la falsedad y la capacidad de formar y representar imágenes:

  1. Facultad del alma que representa las imágenes de las cosas reales o ideales.
  2. Aprensión falsa o juicio de algo que no hay en realidad o no tiene fundamento.
  3. Imagen formada por la fantasía.
  4. Facilidad para formar nuevas ideas, nuevos proyectos, etc.

He puesto en cursivas algunas palabras clave, debido a que, de un modo u otro, acaban relacionándose con el significado que «imaginación» ha tenido a lo largo de la historia. En este ámbito, destacan tanto «imaginacion» (francés antiguo) como «imaginatio», forma latina emparentada con «imaginari», que quiere decir tanto «dar forma a una imagen» como «representar». Esto nos encauza rumbo  a «mimos» y a «mimeisthai», que se relacionan con «mimesis», o la representación o retrato artístico de un referente. En literatura, esta representación implica no la copia o el calco de un hecho real, sino la traslación de este último (o sus derivados) al medio escrito.  En ese sentido, la literatura mimética sería aquella que representa (en palabras) la experiencia de lo que llamamos «el mundo real».

Sin embargo, cuando hablamos de imaginación, no solemos tener en mente la representación o imitación de esta realidad. Así, decimos que un niño tiene una imaginación desatada cuando ve monstruos debajo de la cama o cuando está convencido de que en el seto del jardín hay una colonia de hadas diminutas. En definitiva, uno es imaginativo cuando se inventa cosas que (al menos hasta donde sabemos) no existen. La imaginación emerge entonces como fantasía o la facultad de inventar, producir y representar esos contenidos que bien hemos aprendido a llamar imaginarios.

Samuel Taylor Coleridge, el poeta romántico, tenía claro que hablar de imaginación era hablar de una facultad primordial para el artista.  Debido a ello, se esforzó por plantear una teoría de la imaginación que distinguiera a esta última como una facultad superior del intelecto y el espíritu humano. De acuerdo a su explicación, la ya mencionada se dividiría  en «primaria»  y «secundaria».  También se distinguiría del término homólogo «fancy».

La relación entre «fancy» y «fantasy», desde una perspectiva etimológica,  asoma con presumible claridad: ambos términos parecen hermanados por la raíz “bha-“.  Un vistazo al Oxford English Dictionary corrobora esta asociación, al menos en el sentido “arcaico” de la palabra: «[algo] creado a partir de la imaginación y no desde la vida codidiana». Sin embargo, para Coleridge esto no resulta suficiente. El poeta considera que existe una diferencia sutil (podríamos decir) entre imaginar con letra mayúscula e imaginar con letra minúscula y, por eso, propone la célebre distinción entre «fancy» e «imagination» con la que todavía nos encontramos los asiduos a la poesía de principios del siglo XIX.

«Fancy», de acuerdo con lo glosado por el también filósofo metafísico, no sería más que la función cognitiva que nos permite generar imágenes en nuestra cabeza.  Debido a ello, estaría condicionada y limitada por otras facultades como la memoria y el conocimiento efectivo del mundo a nuestro alrededor. A esta imaginación (con minúscula) le deberíamos la capacidad de guardar y proyectar nuestros recuerdos, hipotetizar respecto a nuestra vida o esbozar en nuestra mente lugares que no hemos visitado, etcétera.

La imaginación, en cambio, sería fuente y sustento de visiones que nos remiten a cosas nuevas o que no existen (todavía).  De hecho, de acuerdo al argumento sostenido por el famoso autor inglés, sería también el sustento mismo de la realidad la cual, dentro de esta lógica, tuvo que ser imaginada alguna vez, presumiblemente, por aquello que llamamos Dios. A partir de esta distinción,  Coleridge acuña el término «imaginación primaria» para referirse a la facultad imaginativa del principio creador. Mientras tanto, la «imaginación secundaria» sería la nuestra, similar a la anterior pero limitada en su alcance.  Esta distinción es clave para el desarrollo de la Fantasía literaria del siglo XX y años posteriores.

Mitopoiesis y Subcreación

La fantasía (como manifestación literaria) se distingue de «lo fantástico» (es decir, aquella rama de la literatura que va desde los cuentos de fantasmas victorianos al realismo mágico de García Márquez o los cuentos de Borges y Julio Cortázar), porque propone al lector un mundo con leyes propias, distintas a las nuestras, en el que la realidad imaginaria, usualmente “maravillosa”, no ha de entenderse como una alegoría, sino como una realidad secundaria en la que todo lo que ocurre es verdad, tanto para el lector como para los personajes.  En otras palabras, con la fantasía el autor crea un mundo, distinto al nuestro, al que accedemos mediante el portal de la imaginación. Lo fantástico, por contraste, ocurriría en los bordes de nuestro mundo. En la Tierra Media, los terribles tumularios son reales en el sentido de que tienen una existencia independiente en ese mundo. En un cuento de Poe o de Dickens, en cambio, no serían más que un producto del delirio y la alienación del personaje o de las proyecciones del lector.

La idea de que la fantasía propone al lector un mundo secundario en el que todo lo que ocurre es cierto (dentro de un contexto circunscrito a la realidad narrada) deriva de los aportes de George Macdonald y J.R.R. Tolkien a la discusión teórica que se remonta a Coleridge y a sus antecesores.  El primero insiste en que el cuento de hadas responde al deseo de un autor de crear  un «mundito personal» (a little world of one’s own), con sus propias leyes, aunque coherente con los aspectos esenciales de nuestra realidad (algo que Macdonald llamaba La Ley).  Tolkien, por su parte, toma estas ideas, las refina y les da nombre, valiéndose de la teoría de la imaginación de Colerdige para dotarlas de una coherencia interna. De esta reformulación emergen los pilares modernos del género, tales como El señor de los anillos y todas las obras de fantasía mitopoética que le siguieron.

Al «mundito personal» de Macdonald, Tolkien lo llama mundo secundario. Esto, podemos suponer, es en virtud de que el anterior es el producto de la imaginación secundaria del ser humano, quien se vale del gran lienzo de la Creación (o «mundo primario», fruto de la imaginación del mismo nombre), para proveerse de los bloques fundacionales de su realidad sub-creada. Dentro de este paradigma, el artista no sería más que un creador subsidiario, incapaz de crear desde la nada, aunque no de imitar el acto creativo que da origen al mundo, a través del logos.  En este contexto, la fantasía (como un acto) sería la de inventar y producir imágenes nuevas y consistentes con el fundamento último de la realidad, por medio del lenguaje.  A partir de aquí, el acto de «fantasear», en el sentido de «ejercer la facultad de imaginar», se emparenta con la mitología.

Decíamos, más arriba, que tanto el significado de «fantasía» como de «imaginación» se relacionaban con la ilusión o la falsedad.  Esto es tristemente cierto, especialmente en círculos ajenos a la disciplina. La gente habla de que es necesario «dejar de vivir en fantasías» o que «la vida no es un cuento de hadas».  El mismo C.S. Lewis pensó alguna vez que los mitos no eran más que «mentiras dichas a través de la plata». Por lo tanto, es legítimo preguntarnos si acaso la imaginación no será una máquina generadora de mentiras  o un mero escape de las miserias de la vida cotidiana.

En relación con lo primero. Tolkien sugiere que no.  En su poema “Mitopoeia”, el autor escribe que el corazón del ser humano «no está hecho de mentiras», sino de anhelos trascendentes a los que la imaginación, desde tiempos inmemoriales, ha tratado de dar respuesta a través del acto mitologizador.  Desde ese punto de vista, el mito (concebido como el producto definitivo de la imaginación humana), es un intento de aprehender la verdad en un sentido aristotélico, no necesariamente factual o «científica», sino simbólica, psicológica o espiritual. A la fantasía que pone al mito en el centro de su quehacer se le llama mitopoética (en griego, «poiesis» significa creación o fabricación), porque se vale de este último para satisfacer los deseos profundos de los seres humanos, entre los cuales se cuenta el poder recorrer las honduras del tiempo y el espacio, así como alcanzar la comunión con todos los seres vivientes.

En cuanto al problema del «escape», el autor de El hobbit también es enfático. Si bien concede que la fantasía tiene un componente escapista, Tolkien se apresura a aclarar que esto es positivo. La imaginación es, como señalan sus críticos, escapista, en el sentido de que proporciona al prisionero la huída de la cárcel en la que se encuentra confinado. En otras palabras, la fantasía nos permitiría dar forma, develar, crear y visibilizar realidades a las que, de otro modo, no tendríamos acceso y eso no sería malo en lo absoluto (excepto para el carcelero). Tomar distancia del mundo, aunque sea de solo de manera parcial y temporal, nos permitiría mirarlo desde otra perspectiva y volver a él con los ojos renovados.

¿De qué hablamos, entonces, cuando hablamos de «fantasía»?

Si nos atenemos a las definiciones proporcionadas por el diccionario de la Real Academia Española,  «fantasía» sería, efectivamente,  el «grado superior de la imaginación; la imaginación en tanto inventa o produce» . Dicho de otro modo, 1)  la primera sería una gradación de la segunda y 2) el elemento más alto o elevado de dicha gradación. Esto, dado que, al contrario de «fancy» (que estaría en el nivel inferior), no se encuentra limitada a la memoria o al conocimiento efectivo del mundo, sino que sería capaz de crear cosas nuevas a imagen y semejanza de la imaginación primaria. Esta, tanto para Coleridge como para Tolkien, sería el fundamento de todo lo que imaginamos.

En ese sentido, la fantasía también sería una «ficción, cuento [mythos], novela o pensamiento elevado e ingenioso», ya que estaría íntimamente ligado a la mitopoiésis o la creación de mitos, a través de la cual los seres humanos satisfaceríamos deseos primordiales y sagrados de nuestra condición.  Desde esa perspectiva, la fantasía se cristaliza en la capacidad que tenemos las y los creadores de proyectar los frutos de nuestra imaginación a través de los medios que nos proporcionan las artes.

La pregunta que nos queda por responder es por qué, entonces, existen otras manifestaciones estéticas como la ciencia-ficción y el terror.

Dejaremos ese asunto pendiente para una entrada futura.

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